Hace un par de noches me dí cuenta de algo decisivo en mi vida. Recordé cómo me preparo cuando salgo por las noches o quedo con mujeres, cómo me ducho y me arreglo los cabellos, todo para estar aún mejor de lo que ya estoy normalmente. Esta reflexión me llevó a pensar que no me preparo tan bien para otras actividades igualmente importantes para mí, como por ejemplo dormir. Es decir, cuando voy a acostarme me limito a ponerme un pijama y meterme en la cama sin pensarlo, como con desprecio, como si fuese a hacer algo desagradable.
Y claro, en realidad es más placentero dormir que lo que hago normalmente cuando salgo por esos lugares del señor, aunque a veces también hago cosas incluso más placenteras que dormir, eso es cierto. Pero bueno, el asunto es que llegué a la conclusión de que debería prepararme en condiciones para reposar en mi cama, prepararme como si fuese a un evento social.
Así que, una vez pasada la media noche, me duché, me peiné con gomina, me afeité, me perfumé el cuello y me puse un pijama limpio. He aquí las pruebas:

¿Acaso no se merece esto mi cama, en la que tan buenos ratos paso, la que tanto relax me ofrece? Sí, lo merece. A partir de ahora pediré a cualquier persona que esté sobre o dentro de mi cama que de un beso a mi almohada en señal de respeto.
Aparte de esto, también llegué a la conclusión de que un buen pijama es una prenda perfectamente útil para acudir a todo tipo de actos, fiestas y recepciones. Ofrece comodidad a la par que estilo, y si te estás aburriendo puedes tirarte al suelo y echarte la siesta, el traje apropiado ya lo llevas.
Como lo vi tan claro, ayer fuí a mi habitual tertulia con los embajadores de Suecia, Canadá, Israel y Djibouti ataviado con mi pijama de gala. Me sirvió para intimar con las embajadoras de Tailandia y Brasil.
